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La esperanza es lo último que se pierde

S e i s c i e n t o s

S e i s c i e n t o s

En 1980 me decidí a ‘pujar a Andorra' con unos amigos. Por aquella época un Seat 600 matrícula B-848225, que ya entonces tenía sus años, era el medio de locomoción que teníamos más a mano. De hecho, el único.

Una vez en Andorra, subiendo una collada, empezamos a notar un extraño tufo y dado que allí dentro nadie estaba friendo patatas, paramos de inmediato, abrimos el capó (trasero, claro) y allí estaba el motor echando humo y de repente llamas. Le tiramos algo de nieve de la cuneta, dejamos que se enfriara echando un poco más de nieve y seguimos adelante. Para volver a Sabadell sin que el motor se calentara demasiado, dejamos semiabierto el capó y pusimos a tope la calefacción (es un decir, era un sencillo tirador junto al freno de mano) llegamos a donde había que llegar sin pasar de 80, esto último más que por precaución era porque el cochecito tampoco daba para más excepto en bajadas. Evidentemente, aquel 600 no visitó el taller por esa ‘tontería' del incendio. Seguramente la junta la trócola o el condensador de fluzo estarían desajustados. Nieve y listos. A rodar.

El 600 fue el primer coche de mi padre en una España en la que tener coche era la ostia. De hecho en mi calle sólo estaba ese coche aparcado, sin problemas de estacionamiento y, desde luego, tampoco de circulación. Había lista de espera en los 60 para conseguir uno y el color era el que tocaba. Luego vino otro 600 y más adelante un R8, un 1430, R18, un Nissan Sunny que aún corre lo suyo... pero mis primeros recuerdos dentro de un coche son del 600, un 600 verde. Tiene su miga recordarlo ahora porque ese modelo es el único más "viejo" que yo.

Y es que el pichens, el pelotilla, el bragas, el sisentorru, la cajamistos, acaba de cumplir 50 años.

 

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