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La esperanza es lo último que se pierde

Septiembre

Septiembre

Si Einstein no hubiese subido en un ascensor tal vez no habría definido la gravedad y, en un maravilloso ejecicio de abstracción, tampoco habría llegado a establecer su teoría de la relatividad general. O puede que si hubiese vivido los meses de septiembres modernos sí que lo hubiese hecho. Sin ascensor de por medio.

Más que nada porque en septiembre se da uno cuenta de que todo es bastante relativo. El año parece que no empieza el 1 de enero sino en septiembre. Las ganas de hacer algo nuevo o de cambiar acaban dirigidas a la compra de una colección de tapones de cava que nunca se va a terminar. Las vacaciones acaban siendo un sueño que sólo queda reflejado en la cuenta bancaria que, normalmente, suele tener para entonces un capital risible que terminará de menguar con la compra de cuadernos, libros y batas (¿aún se usan batas en el cole?).

Además, septiembre trae el buen tiempo. No porque haga varios años que agosto siempre trae lluvias "inoportunas", que también, sino porque se duerme bien, sin necesidad de aire acondicionado, con la ventana abierta, y de día se puede ir a la playa, el agua está en la mejor temperatura del año y el sol, en lugar de abrasar, acompaña.

Para muchos septiembre es el retorno a la rutina, a lo mismo de siempre y se hace con mala cara. Hasta en eso también es relativo. Para otros, entre los que me incluyo, septiembre trae de nuevo la tranquilidad, la ausencia de colas, de atascos en cualquier superficie que esté asfaltada, el fin de la zona azul, tomarse una cervecita frente al mar sin ruido, sin gente, sin esperas y, por encima de todo, sin prisas.

Y empieza un nuevo año hasta que el próximo 1 de agosto vuelvan todos en manada a desconectar (extraña palabra, casi nadie dice descansar).

Wapo septiembre.

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