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La esperanza es lo último que se pierde

Chándal y tacones

Chándal y tacones

Leo en la prensa que en Creta ha habido una manifestación de vecinos, encabezada por el alcalde, contra el turismo de borrachera. Ole. Un tipo de turismo que, por otra parte, también anida en zonas como Ibiza, Lloret y ¿Calafell?.

Lo de los interrogantes es porque el turismo de Calafell –Segur de Calafell- se acerca más a lo cutre que a lo borracho. Aunque hay, seguro, muchos personajes que atesoran ambos valores, el cutrerío y la trompetez.

La oferta cultural en verano se reduce a paellas populares, habaneras, fuegos artificiales y cuatro eventos de nivel cultural tipo EPI (encefalograma plano irrecuperable). No hay un mísero teatro, no hay cines que proyecten nada que no sea la cartelera oficial de usar y tirar. Todo se reduce a los cuatro, perdón, cien mil, que aparecen en verano, lo ensucian todo, caminan por medio de la calle como Cary Grant al amanecer, justito antes del último duelo, vacían supermercados de productos y llenan el exterior de los contenedores de porquería. Y dicen que aportan riqueza a la población. Cielos.

Me atufa todo esto porque vivo en un proyecto defenestrado de ciudad jardín donde hoy día se echan abajo casitas para hacer bloques de edificios compuestos de viviendas en las que hay que entrar con el freno puesto o te caes por el otro lado, de tan estrechas que son. Como decía Mortadelo, para meter el abrigo en el armario hay que sacar el boli del bolsillo. Y por unos cuantos cientos de miles de euros, claro. Por suerte parece que la vivienda de segunda residencia empieza a ser prescindible en la lista de prioridades de los nuevos españolitos ricos del aznarato. Tal vez aún se salve algo.

El turismo que hubo en Segur 30 años ha era de una calidad más que aceptable. Se componía de guiris con posibles que flipaban al ver la playa sin urbanizar, y de familias ‘bien’ con niños ‘bien’. Y con el bien entrecomillado me refiero a familias de clase media con educación, no los arrikitauns que pululan en sus estrambóticos coches tuneados, una prueba más de que cuando no hay nada dentro se ha de poner algo fuera.

Aquí difícilmente se va a manifestar el alcalde para que no vengan horteras, incultos, zafios y borrachos, porque se iba a perder un gran porcentaje del turismo habitual. El anterior alcalde, Olivella, prometió cosas que nunca se cumplieron, el nuevo –Jordi Sánchez- se ha aliado con el antiguo socio de Olivella, y todo seguirá siendo un cachondeo. Ladrillos, bares, supermercados, inmobiliarias y un puticlub. Y no me refiero al ayuntamiento. Más que nada porque un puticlub es un negocio rentable que produce beneficios mientras que el ayuntamiento de Calafell lo que me produce es acidez. La contribución urbana de Calafell es espectacular. Comparativamente mucho mayor que la de ciudades como Sabadell o Barcelona. Y los señores del ayuntamiento de Calafell cobran más, mucho más, que los de Barcelona capital. Se ha hecho eco la prensa nacional, pero eso a ellos no les da vergüenza.

Supongo que todo cuadra. No se puede esperar nada de gente así, excepto que traigan un turismo asá.

Y así nos va.

 

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